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Poder y sexualidad: ¿Más allá del placer?

El tema de la dominancia erótica cobra protagonismo durante estos días a propósito del XVII Festival de Diversidad Sexual en Cine y Video en México. Durante todo un mes se pueden apreciar obras de temática LGBT y su relación con el poder. A propósito del tema, nuestro bloguero Antón Castellanos Usigli* deshilvana el complejo concepto, que está presente en todo tipo de relaciones.


Aquí hay sexo: Si yo fuera puto

Hay ciertas profesiones que me están biológicamente vedadas: vientre de alquiler, donador de leche materna o sujeto de prueba para experimentos con óvulos. Aunque me da curiosidad saber qué se siente tener un bebé creciendo adentro de uno, mejor no especulo. Alguien después que me cuente.

Pero sí podría ser puto. Me falta un buen nombre para esas andanzas nocturnas, algo de cuero en mi vestidor y la actitud (sí, colegas, todavía me falta). Total, muchísimos hombres se dedican en el mundo entero al trabajo sexual, desde strippers hasta actores porno. ¿Qué dirá mi profesora de periodismo televisivo cuando le cuente de mi trabajo?


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   Diego Arguedas

 

Debe ser un empleo cabrón. Para comenzar, no es el trabajo ideal: dudo que haya gente que en su ensayo de cuarto grado escriba que desea vender su cuerpo a 30 dólares por sesión. Los caminos para llegar ahí generalmente pasan por una educación insuficiente para otra cosa, los centavos que no alcanzan, la comida que empieza a parecer espejismo. Después un tipo te paga un puño de billetes por un polvo. ¿Qué tal?

O peor, llegaste por la trata. Te robaron en el sur de Hungría y acabaste en un prostíbulo de Atlanta. La periodista Lydia Cacho ha escrito muchísimo de esto.

¿Cómo habría llegado yo a la profesión? ¿Me habrá seducido una rubia tremenda que me drogó para raptarme? ¿O di mis primeros pasos hacia la esquina del pueblo a ver si algún auto se detiene? ¿O soy parte de esa cofradía secreta que cobra miles de dólares por hora?

Si yo fuera puto, sin importar como llegué, me gustaría que alguien se interese por mí. Estoy convencido que, siendo prostituto o no, igual sería un buen tipo. Con suerte tendría uno o dos hijos y les llevaría chocolates con almendras y balones de fútbol. Pero si me trataran como ahora tratan a las personas metidas en el trabajo sexual, ¡qué amargado me sentiría!

El Estado no me reconocería como un trabajador estable en términos de seguridad social o cotizar para pensión. Tal vez me pidan impuestos por ingresos, pero no creo. Cada vez que llegue a un hospital y me pregunten: ¿Ocupación? y yo responda: “Prostituto”, me correrían. Los policías me pasarían persiguiendo de calle a calle.

Si llego a una estación policial a denunciar una violación, tal vez hasta me dirían que me lo estoy buscando, por la profesión que elegí. Qué desgracia. No basta con tener una ocupación complicada, también me cae la desidia estatal.

Habría que ver qué cambiaría de esto si la mayoría de las personas en trabajo sexual fueran hombres. ¿Que si estoy conectando las malas condiciones laborales de la prostitución con el machismo y la misoginia? Sí. Se lo firmo cualquier día de la vida. Pero también subo al podio al fanatismo religioso y al conservadurismo. Una tríada olímpica.

Si yo fuera puto, después de unas semanas me habría hartado. No por la jornada en sí (debe ser extenuante tener sexo durante varias horas al día con tipas que ni te quieren, pero trabajo físico también los agricultores), sino por el maltrato. El señalamiento. Los miles de dedos que me apuntan.

Si fuera puto, buscaría un trabajo al mes de haber empezado. Pero ahora a ver, ¿quién le va a dar trabajo a un ex-prostituto?

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